lunes, 20 de septiembre de 2010

Jaime Bayly: "Caminar sobre fuego" (Columna Periodistica)

Columna periodistica escrita por Jaime Bayly, publicada el día Lunes 20 de Setiembre de 2010, en el diario Peru21.

"Lo más importante es cuán bien caminas sobre el fuego”.
(Charles Bukowski)

Cuando era chico, un amigo de mi padre me dijo: El secreto de vivir es resistir.

Yo no entendí bien qué me quería decir, pero sentí que estaba tratando de decirme algo importante, noté que me lo decía con un aire triste, resignado, como despidiéndose.

El amigo de mi padre se llamaba el señor Custer y era un caballero encantador y de pronto un día se murió sin avisarme que se iba a morir y yo me quedé con sus palabras: tienes que ser fuerte, tienes que aprender a resistir.

Han pasado treinta y cinco años desde entonces y ahora creo entender lo que quería decirme.

Contrariamente a lo que suponía de niño, el paso de los años no me ha convertido en una persona más feliz sino en una menos feliz.

No me cabe duda de que los años más felices pasaron cuando estaba tan distraído que no me daba cuenta de que aquellos serían los mejores años de mi vida. No me cabe duda de que en mi caso lo peor está por venir, que lo que vendrá será duro, jodido, complicado, doloroso. No me cabe duda de que lo que ahora hago no es vivir sino resistir.

Cuánta razón tenía el amigo de mi padre cuando me lo advirtió tempranamente.

La vida no es como te la cuentan de chico o como la ves en las películas. No es cierto que con el tiempo vas ganando amigos, atesorando experiencias maravillosas, sumando placeres, conquistando el mundo. No es cierto que los años te educan a disfrutar del oficio de estar vivo. No lo es al menos en mi caso.

En mi caso, el paso del tiempo ha minado todo lo bueno que había en mí, ha erosionado mis afectos de toda índole, ha socavado mi fe en la especie humana y en mí mismo y en mi capacidad de gozar de las grandes y pequeñas cosas.

Los años van pasando y en lugar de convertirte en una persona más tolerante, más risueña, más sabia, descubres con resignación que te conviertes en alguien enfurruñado, escéptico, ermitaño, alguien que no cree en nada ni en nadie, alguien que ya no tiene ganas de ver un partido de fútbol y mucho menos de jugarlo, alguien que cree menos en el amor que en el dinero.

El tiempo te ha envenenado lenta y minuciosamente. La madurez no ha traído amistades, ilusiones, alegrías impensadas. Lo que ha traído es una suma de frustraciones, desencantos y decepciones respecto de los demás y sobre todo de uno mismo. De modo que esto era resistir, aquello de lo que hablaba el buen señor Custer: ir contando los amigos que pierdes (y no los pierdes porque ellos hayan cambiado para mal, los pierdes porque eres tú quien ya no los soporta más), encerrarte a escribir unas ficciones rencorosas en las que matas a los que quisieras matar en la vida misma, aguantar a pie firme la borrasca, el mal tiempo, el viento helado y soportar la indiferencia o el desprecio de los que pensabas que te querían y en realidad lo que quieren es verte muerto (y lo peor es que sabes que en efecto se darán el gusto más o menos pronto).

Así nomás son las cosas y perdón por la franqueza: a medida que pasan los años, todo se va jodiendo, todo se va destruyendo, tus ideales y tu fe y tu nobleza se van corrompiendo, y al mismo tiempo que tu cuerpo se debilita y va conociendo el dolor y la enfermedad en medidas que no hubieras querido conocer, tu espíritu se reseca, se envilece, se acanalla, te vuelves un tipo cínico, y no porque seas una mala persona, sino porque descubres, derrotado, emponzoñado, que el cinismo es la única manera de resistir, de persistir, de insistir en la fatigada rutina de seguir respirando, batallando, dando pelea.

Siempre puedes aferrarte a tu chica, a unas canciones, a un porrito esporádico. Siempre puedes hacerte una paja y dormir. Siempre puedes salir a caminar a las cinco de la mañana y sentarte en el banco de un parque y ver pasar a los corredores y pensar que si bien tu vida es triste y mediocre, esos putos corredores vestidos con colores chillones parecen todos bastante más idiotas que tú (aunque la verdad es que parecen todos ciertamente más felices que tú, o al menos parecen llevar prisa y saber adónde coño van).

Lo mejor ya pasó y ni siquiera sabes bien cuándo pasó, pero crees que fue hace veinte años o quizá treinta, quizá cuando jugabas fútbol con tus hermanos en el jardín grande de la casa de Los Cóndores, quizá cuando tus grandes amigos que ahora ya no sabes dónde están te acompañaban en unas juergas interminables, días y noches de música y drogas y sexo y formidables discursos políticos que improvisabas sólo si mucho te lo pedían (el mejor discurso crees haberlo pronunciado en Buenos Aires una madrugada de 1986, azuzado por el polvillo blanco y el whisky y la hermosa melancolía de esa ciudad donde quisieras irte a morir).

Que no le mientan, estimado: la cosa no mejora a medida que avanza la película y se va hilvanando la trama. Mucho me temo que bien distinta es la verdad: vivir es envejecer y envejecer es sumar decepciones y traiciones y sumar decepciones y traiciones acaba por convertirte en un sujeto decepcionado de conocerse a sí mismo.

Deseo con fervor que mi caso no sea el suyo. Pero si somos dos los que nos sentimos aporreados por el tiempo y sus jodidas insidias, sólo se me ocurre a modo de consuelo recordarle el consejo que me dio el amigo de mi padre: el secreto está en saber resistir.

Autor: Jaime Bayly

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