lunes, 4 de octubre de 2010

Jaime Bayly: "Mariposas bajo la garúa" (Columna Periodistica)

Columna periodistica escrita por Jaime Bayly, publicada el día Lunes 04 de Octubre de 2010, en el diario Peru21.

Mi hijo James (que se llamará James así sea mujer) ha cumplido tres meses el sábado.

Según los doctores, eran los tres meses más peligrosos. Por lo visto, James parece resuelto a nacer y ser James. Si los dioses y sus querubines nos son propicios, nacerá en abril.

La ocasión parece propicia para festejar, pero Silvia no puede tomar alcohol, no puede fumar un porrito, no puede (no quiere) hacer nada que pueda dañar a James.

Yo intento convencerla de que un porrito no puede ser en modo alguno nocivo o pernicioso para little James, pero ella cree que no conviene que el bebé tenga su primera experiencia con la hierba risueña a los tres meses de no nacido.

Pues si la madre no fuma por proteger al bebé, yo tampoco he de fumar por un mínimo sentido de la cortesía. Y si la madre tiene cólicos y mareos y vomita, yo también. Ella, porque está embarazada, supongo. Yo, porque estoy enfermo, supongo. Pero no deja de ser bonito sentir que ambos estemos embarazados y que ciertamente mi barriga sea bastante más abultada que la suya: sus tres meses son imperceptibles al ojo humano más suspicaz, en cambio cualquier fisgón distraído diría que yo tengo seis meses y trillizos en el vientre.

¿Cómo hemos de festejar entonces los tres meses del pequeño James, si los tragos y las drogas nos son vedadas con buen juicio por su madre y los doctores?

Entre la una y las seis de la mañana nos echamos en la cama con poca ropa y escuchamos música basados en un sistema que parece funcionar bien: ella elige dos canciones, yo una, ella dos, yo una, y así. Silvia suele elegir canciones de The Kooks, de Pink, de Avril (Silvia ama a Avril como yo amo a James), a John Mayer, de Jack Johnson (que a mí me llega a irritar levemente). Para mi sorpresa, elige también una canción en inglés de Juan Luis Guerra que yo no conocía y dos canciones muy tristes de Diego Torres que tampoco conocía.

Luego me hace ver una entrevista que Ellen Page le dio a Letterman en la que Ellen cuenta que compró una casa sin saber que había sido un burdel y que de noche se le aparecen putas translúcidas en su casa y le roban el maquillaje y esa pendeja me parece absolutamente genial, como genial me pareció en la película Juno.

Luego Silvia me hace ver a Shakira cantando y bailando Loca en el programa de Letterman la semana pasada.

Amo a Shakira, pero más me gustan sus canciones de antes.

Cuando es mi turno, yo elijo lo que siempre elijo porque soy un pusilánime que ama la rutina espesa y previsible: Andresito Calamaro, el pirata Sabina, algunas canciones de Drexler, algunas de Coti, un par de Coldplay para irme a la guerra amorosa con Silvia.

Pero no podemos hacer el amor por orden del ginecólogo, de modo que nos resignamos a no tener sexo pero siento que besar su barriguita y decirle a James que lo amo es ya una manera suficientemente buena de hacer el amor.

Me asomo a la ventana y veo que ha amanecido, son las seis y media de la mañana. Le digo que supongo que debería irme a dormir. Silvia me sorprende con una idea chiflada y no por eso menos genial: ¿por qué no vamos a Villa a jugar fulbito de mano?

En mis años de juergas cocainómanas, mis amigos y yo terminábamos en un local patibulario de la Costa Verde jugando fulbito de mano con una pasión enloquecida y era felicidad en estado puro (y duro).

¿Pero estará abierto el club de Villa a esta hora?, le pregunto a Silvia.

No sé, dice ella. Pero si está cerrado, nos sentamos a ver el mar.
Genial, le digo. Vamos.

No manejes tan rápido, me pide, cuando voy a toda prisa por la Costa Verde y luego por unas calles de Chorrillos por las que no pasaba hacía muchos años y de las que me llaman la atención dos cosas singularmente pintorescas: unos cacharritos endebles que circulan como abejorros que según Silvia son mototaxis y que una de las calles que cruzamos se llame nada menos que “jirón Nueva York”.

Luego Silvia me enseña los pantanos de Villa y le digo que me parecen siniestros y que tengo la corazonada de que alguien me matará y arrojará mi cadáver allí y se lo comerán los lagartos (si lagartos hay en esas aguas turbias).

Recuerdo que Christian Meier me decía siempre que Villa era el mejor lugar para vivir en Lima. Recuerdo que hace muchos años conocí la casa de Cattone en Villa. Recuerdo que cuando era niño solíamos ir los fines de semana a la casa del Chino Romaña en Villa y que mi prima Irene me parecía la niña más linda del mundo. Ahora la casa parece abandonada, sólo alcanzo a ver la pared de la cancha de frontón toda descolorida y estragada por el tiempo y la humedad.

Lo que más me sorprende de Villa son sus palmeras. Tienen una forma extraña, desconcertante. Parecen pájaros muertos. Son gruesas y pajosas y altas y todo menos verdes y luminosas. Son las palmeras más tristes que he visto en mi vida. Será que estoy acostumbrado a las palmeras del Caribe, pero las de Villa me parecen unos árboles corroídos por alguna enfermedad, unos tubos de paja elevados que parecen oxidados.

Por suerte cuando llegamos a Villa el club acaba de abrir. Por suerte Silvia es socia y me invita. Por suerte cae una fina garúa que parece propicia para esa suave mañana de invierno. Por suerte en Lima el invierno es solo una ficción.

Antes de enfrentarnos en el fulbito de mano, Silvia, James y yo tomamos desayuno. Nada de mariconadas vegetarianas: huevos revueltos con jamón y panes con queso y jugos de naranja y ella anís y yo un expresso doble. Como ya no debo tomar cocaína porque mi corazón no la resistiría y no quiero dejar a James huérfano de padre, me estimulo con expressos dobles que me ponen crispado, crispy, acelerado.

Luego es el momento estelar: son las siete de la mañana y Silvia elige ser Alianza y yo la U y nos enfrentamos en un juego de fulbito de mano violento, apasionado, salpicado de vulgaridades, de maldiciones, de procacidades y carcajadas. Silvia es llamativamente hábil con el arquero y los dos defensores, aunque no lo es tanto con sus medio campistas, que, aunque ella se empeña en hacerlos patear al estilo mariposa, suelen no darle a la pelota, lo que provoca unos fantásticos estallidos de risas de Silvia que yo suelo aprovechar para clavar un gol en el arco de su muy cumplidor arquerito de Alianza.

Este es sin duda el momento más feliz de la mañana en el club de Villa, más todavía que la ingestión de huevos revueltos: las risas y los puteos y las patadas al aire de los diminutos futbolistas. Cada risotada de Silvia (que suele ser una consecuencia de la impericia mariposona de los futbolistas que ella mueve con su mano derecha) es para mí un momento de muy elevada e impensada felicidad.

Silvia se ríe y se ríe y ya no importa quién mete más goles, lo que me hace feliz es ver a mi chica y a mi bebé riéndose porque extrañamente Silvia, siendo diestra, es más hábil jugando fulbito de mano con la izquierda, y por eso su arquero bloquea espectacularmente algunos disparos de mis atacantes.

Luego jugamos ping pong pero parecemos dos tías borrachas o idiotizadas porque la pelota muy raramente cae en la mesa y es un bochorno y suspendemos el juego por respeto a lo poco que nos queda de dignidad y por respeto a James, que tal vez está viendo el sainete que hacen sus padres en una mesa de ping pong.

No muy distinta resultan las cosas una vez que nos enfrentamos en la mesa de billar: es jodidamente imposible meter la pelotita, así que nos rendimos bien pronto.

Veo el reloj. Son las diez de la mañana. Llevamos tres horas jugando como dos niños tontos y felices. Afuera ya juegan al golf y al tenis, pero Silvia y yo estamos cansados y presumo que James también, así que emprendemos el camino de regreso a casa.

No sin antes hacer mis severas deposiciones en el baño del club, mil disculpas por dicha innoble donación escatológica a la junta directiva.

De vuelta a casa, manejo más despacio porque Silvia se marea y escuchamos una canción muy linda de Kevin Johansen que se llama Fin de Fiesta. Pero yo siento que la fiesta no ha comenzado todavía y que, si los dioses y sus querubines nos son propicios, la fiesta comenzará cuando el joven James venga al mundo a acompañarnos y a jugar fulbito de mano con nosotros.

Puedo decir sin exagerar que una de las mañanas más felices de mi vida es la que acabo de pasar este sábado en el club de Villa tragando huevos revueltos y jugando fulbito de mano con Silvia y mini James. Dios bendiga a mi chica y a mi bebé y les dé vidas largas, felices y amariposadas. Yo los acompañaré siempre, cuando esté y cuando ya no esté. Y cuando no esté, seré uno de esos futbolistas de la mesa que ellos moverán riéndose.

0 comentarios:

Publicar un comentario

 

Copyright © Chismeando Tele Design by BTDesigner | Blogger Theme by BTDesigner | Powered by Blogger